Por qué los daneses son más felices

Paco Martínez, español, 34 años, estudió informática porque todos le decían que era la profesión del futuro pero la verdad es que ese trabajo nunca le gustó. Después de tres años de tardes de biblioteca y noches sin dormir para sacar adelante las matemáticas que tanto se le atravesaban, terminó la carrera y empezó a trabajar de becario para diferentes empresas, siempre sin sueldo, a veces incluso sin contrato.

Encontró su primer trabajo un par de años más tarde al que se enfrentó lleno de emoción y nerviosismo. En la empresa casi todos eran jóvenes como él y le prometieron que en poco tiempo podría ser jefe de proyecto, si se esforzaba. Trabajó duro a pesar de la competencia, no siempre leal, con los compañeros y de los gritos de jefe, el no demasiado competente, recién ascendido, hijo de un político local, pero a los 7 meses fue despedido porque gracias a una subvención del gobierno para la contratación de parados de larga duración, su puesto podía cubrirse con un trabajador más barato.

A partir de ahí se sucedieron diversas empresas, más o menos parecidas a la primera, diferentes tipos de jefe más o menos autoritarios, explotadores o comprometidos, periodos de desempleo, una gran colección de cursos del INEM y una resistencia, escepticismo y resignación a prueba de bombas.

Hace tres años alguien le dijo que lo que necesitaba era un master, “todas las empresas lo piden”. Consiguió un préstamo personal de su caja de ahorros, sus padres le ayudaron con algún dinerillo que tenían guardado para “por si acaso” y se apuntó a un master de “Gestión de redes y sistemas de comunicación para grandes corporaciones en el inicio de la revolución tecnológica”. Nunca estuvo muy seguro de que todo aquello sirviera para algo pero al menos quedaba bien en el curriculum y por fin tenía ese master que piden “todas” las empresas.

Allí conoció a María Martín, su novia. Llevan saliendo desde entonces y hace un año se fueron a vivir juntos. Llevaban meses hablando de ello pero esperaban el momento en que los dos se encontraran en un trabajo más o menos seguro. Paco, con 33 años, se mudaba por primera vez de casa de sus padres temiendo que echaría de menos los guisos de mamá y triste por tener que empezar a planchar su propia ropa.

Paco y María quieren tener hijos pero de momento se ha quedado en una ilusión para el futuro. María teme perder el trabajo si se queda embarazada y no pueden vivir con un solo sueldo. Algunas noches da vueltas en la cama con el miedo a que “se le pase el arroz” pero se consuela pensando en todas las mujeres que tienen su primer hijo en torno a la cuarentena.

María y Paco son felices, tienen grandes amigos y una familia que les apoya. Están hartos de su trabajo, de sus respectivos jefes, pero callan y aguantan porque “la cosa está mal” y deberían estar agradecidos sólo por el hecho de tener trabajo. A veces sienten que “no tienen vida” porque echan demasiadas horas y porque se está convirtiendo en una costumbre que su jefe les llame los sábados. No sueñan con recibir compensación alguna por las horas extra pero se conformarían con no recibir una bronca el día que tienen que salir para ir al médico o resolver algún asunto en el banco. Sueñan con un trabajo mejor, con un ascenso, con un futuro en el que puedan comprar una casa que se llenará con la risa de los dos nenes que les gustaría tener pero, con el paso los días, van viendo como la luz de su esperanza se vuelve más tenue.


Anders Sørensen, danés, 34 años, estudió Recursos Humanos porque pensaba que tenía don de gentes y que las carreras de carácter empresarial eran las de mayor salida. En tres años consiguió su bachelor y decidió no continuar con la licenciatura porque tenerla no era decisivo a la hora de encontrar trabajo.

Al acabar consiguió un puesto en el departamento de Recursos Humanos de una gran corporación, allí estuvo durante un año, tiempo suficiente para descubrir que no era lo suyo. Demasiado papeleo, un trabajo más rutinario de lo que había esperado, no le motivaba lo suficiente, en definitiva, se aburría. Por eso, decidió volver a la universidad para estudiar márketing mientras disfrutaba de una subvención que le llegaba para mantenerse. Tres años más tarde estaba preparado para iniciar su vida en lo que le parecía una nueva y apasionante profesión.

Encontró trabajo en una nueva ciudad en el departamento de marketing de una pequeña empresa de muebles, alquiló un bonito apartamento y se sumergió con confianza en lo que sería el inicio de su carrera profesional.

Fuente: dinepenge.dk

Un buen día, un año después, sus jefes le hablaron de los planes para empezar a exportar a Alemania y le hicieron saber que sería muy deseable que su nivel de alemán estuviera a la altura del nuevo reto. Para ello le propusieron proporcionarle algunas clases a lo que Anders aceptó con cierta desgana ya que tendría que asistir una vez por semana al terminar su jornada laboral. Él lo recuerda como un cúmulo de tardes aburridas teniendo que volver a repasar la compleja gramática germana que tanto odiaba en el instituto pero gracias a ello, hoy en día, habla el idioma de forma fluida lo que le ha sido de gran ayuda a la hora de desempeñar sus funciones.

Dos años más tarde, cuando el jefe de Anders se jubiló, le ofrecieron sustituirle y convertirse en el nuevo jefe de departamento. Sus superiores estaban muy satisfechos del trabajo que había desempeñado en la empresa y le consideraban el candidato ideal para cubrir el puesto. Como ayuda para la integración en su nuevo rol, le pagaron un curso de liderazgo, al que tuvo que asistir cada sábado por la mañana durante dos meses, pero el sacrificio merecía la pena. El aumento de sueldo, la capacidad de decisión y la posibilidad de desarrollar sus ideas con mayor libertad fueron un gran incentivo a la hora de aceptar el puesto.

Por aquel tiempo Anders conoció a Mette. Antes de que se diera cuenta, ya estaban viviendo juntos, el apartamento se les había quedado pequeño y se mudaban a un acogedor chalet con jardín.

Hoy en día tienen dos preciosos niños de cinco y tres años. Anders ya no trabaja en la pequeña empresa de muebles, hace tres años le ofrecieron un puesto en el departamento de marketing de una fábrica de lámparas que gestiona contratos a nivel mundial. Andan mirando una casa más grande porque Mette necesita espacio para su taller, le apasiona la fotografía y le gustaría contar con un espacio para trabajar en ello en paz y tranquilidad.

Anders y Mette son felices, llevan una vida tranquila junto a sus hijos. Les gusta viajar, ir de excursión a la playa o al campo y reunirse con sus amigos. Para el futuro sueñan con montar su propia empresa y comprar una casita en Turquía para veranear y que más tarde les sirva de refugio en la jubilación. Saben que con dedicación y esfuerzo, ahorrando un poquito cada año, lo conseguirán.

La revista Forbes ha publicado la lista de los países más felices de la tierra en la que Dinamarca aparece en primer lugar mientras España lo hace en el puesto 43.

Fuentes:
Forbes: The World’s Happiest Countries
España es uno de los países más infelices de Euripa según el instituto Gallup

Si estás en paro, cosa tuya

Mientras en España el gobierno quiere poner en marcha la controvertida subvención de 420€ para todos aquellos que no reciben ninguna prestación, la Ministra de Trabajo danesa, Inger Støjberg, ha dicho: “Es responsabilidad de cada uno prepararse para el caso de estar sin trabajo. Es una elección personal, contratar o no, un seguro de desempleo.”Desempleo seguro

Según los cálculos de la Confederación de Sindicatos de Dinamarca (LO), hay 71.000 daneses en paro sin ningún tipo de ingresos, es decir el 2,5 % de la población activa. Principalmente son jóvenes con menos de 29 años los que están exentos del subsidio de desempleo. Esto puede deberse a que tienen sus propios ahorros o que hay algún miembro en la familia que percibe un sueldo relativamente alto. El estado considera en estos casos, que la persona en cuestión tiene suficientes recursos para mantenerse y por ello no necesita de ayuda pública.

Aunque en un principio pueda resultar completamente lógico que sólo se tenga acceso a una subvención cuando no exista ningún otro medio de subsistencia, lo que resulta chocante es el salto de perspectiva realizado por la ministra para dar fin a la ayuda al desempleo. Ya no es el estado quien debe proteger, especialmente en tiempos de crisis, a aquellos que pierden su trabajo y por tanto su medio de subsistencia, es una responsabilidad personal haber contratado un seguro de desempleo o tener ahorros suficientes para mantenerse cuando vengan malos tiempos. Una asombrosa marcha atrás en política social en la que la solidaridad se deja de lado para dar lugar al “cada uno es responsable de sí mismo”.

Contrasta esta concepción del papel del estado, cada vez más extendida entre el gobierno de derechas danés, con la tendencia del partido socialista en España a derrochar en subvenciones. Esta dispar situación parece un claro ejemplo del “ni tanto, ni tan calvo”.

EspiralPor un lado, la creencia en el estado del bienestar obliga a la solidaridad, a sostener con el esfuerzo tributario de todos los ciudadanos a los enfermos, los discapacitados, los que necesitan formación, los que necesitan una oportunidad, a los que las circunstancias sitúan en un mal momento… Pero esto no quiere decir que la única vía para hacerlo sea la subvención directa. Se trata únicamente de una solución a corto plazo de la que se suelen beneficiar no sólo los que lo necesitan, sino también los aprovechados acostumbrados a vivir de ella, los del “no voy a ser yo menos” que teniendo de sobra no desperdician la oportunidad de tener un poco más.

Por otro, se puede atribuir la plena responsabilidad al ciudadano sobre sí mismo para encontrar un modo de sobrevivir cuando vengan mal dadas, pero es difícil imaginar como alguien puede evitar, por ejemplo, que llegue un día en que por un accidente no se pueda seguir trabajando, caer en una depresión y necesitar una baja, ser despedido por la crisis económica y no poder encontrar un nuevo trabajo en meses… Sin el colchón salvavidas del estado, detrás de un tropiezo sólo espera la miseria y en nuestra sociedad es imposible escalar desde el fondo del pozo.