Exilio 2.0

He oído hablar de sueños
He visto maletas llenas de nostalgia, añoranzas, morriña, esperanza…
He compartido soledades
He escuchado
Y he confiado, acallando la voz que silenciosa me decía, quizás no…

Hay quién lo llama la avalancha española, los desesperados…

Casi ninguno habla danés; muchos dicen defenderse en inglés, hasta que descubren que ese inglés de defensa apenas es comprensible y no alcanza ni de lejos para cubrir las necesidades del día a día. Han oído a unos y a otros comentar las bondades de los países nórdicos pero casi nadie les ha hablado de sus sombras. Conocen de memoria el bajo índice de desempleo, lo cotejan con el español, comparan también los salarios y creen que saldrán ganando con el cambio, que pronto encontrarán algo bueno, que conseguirán salir adelante porque “en Dinamarca se vive muy bien”.

La mayoría repite lo de “busco trabajo de cualquier cosa”, lo cierto es que algunos es a lo único a lo que pueden aspirar. Llegan sin estudios que los cualifiquen; en España ya sobrevivían haciendo un poco de todo y esas mismas intenciones tienen para su futuro danés más inmediato. Otros pretenden seguir en la misma trayectoria laboral que tenían en casa y esconden que, al menos de momento, están limpiando o moviendo cajas en un almacén. Los hay con “suerte”, aquellos que con una ingeniería, una carrera informática o química, con un buen nivel de inglés y experiencia laboral, encontraron un puesto en su área de especialización y ahora disfrutan de buenas condiciones de trabajo y un salario más que decente. Son los ejemplos que después se cuentan, se enumeran, se ejemplifican, los que empujan una nueva avalancha, un nuevo grupo de desesperados, una oleada que, como las anteriores, descubrirá que la competencia es dura, que hablar danés casi siempre es un requisito imprescindible y que extranjeros sin cualificación y con pocas habilidades idiomáticas, a parte de su lengua materna, los hay en abundancia de todas las nacionalidades.

Hay algo que casi todos tienen en común, tres compañías que más o menos se sacuden o que más o menos ahogan: la añoranza, la esperanza y la soledad.

Dinamarca no suena igual, no huele igual, no sabe igual. Incluso aquellos que salieron de España dando una patada a la puerta, gritando aquello de “ahí te quedas país de pandereta”, alguna vez, frente a un trozo frío de pan de centeno a la hora del almuerzo, echan de menos el sabor de la sopa de cocido de madre, algún día entran en casa y falta algo: el sonido del carrusel deportivo un domingo por la tarde, las voces de las señoras en el patio de luces, el olor a berza o pescado de casa de algún vecino… Algunos se sacuden esa morriña con un manotazo o un parpadeo, otros redescubren el placer del trozo de jamón traído de España, la botella de sidra arropada entre camisetas en una maleta, el paquete de turrón que la familia ha mandado por correo. Lo atesoran, lo degustan en pequeñas porciones y se lo ofrecen como el más exquisitos de los manjares a los otros españoles que aparecemos de visita. ¡Y cómo se agradece! Porque en ese rato junto a otro español perdido por estas tierras, por unas horas, te vuelves a sentir en casa, eres de nuevo y al 100% tú mismo y la añoranza se va a dormir.

Y junto la añoranza, la esperanza, el sentimiento en la otra cara de la moneda.

El día que haces la maleta de camino al frío norte, empaquetas unos cuantos sueños, unos cuantos proyectos, planes iniciales y toda la esperanza que puedas recopilar para poder sostenerte, sobretodo en los primeros tiempos. “Iré allí, al principio me tocará trabajar de cualquier cosa pero aprenderé danés y entonces podré encontrar algo de lo mío.” “Seguro que encuentro trabajo de lo que sea, peor que en España no voy a estar.” “Harán falta profesores de español, digo yo, el español está de moda…” Algunos tienen planes más concretos, mucho más. Otros tienen claro por dónde tirar, lo han estudiado, han leído foros y páginas web, saben lo que se cuece. Y también los hay que simplemente quieren probar suerte. Unos ahorros iniciales, algún conocido, algún amigo, algún familiar… Algunos lo conseguirán, otros fundirán los ahorros y volverán a España con la cabeza más o menos alta, los hay que saldrán adelante aunque ni mucho menos como lo habían planeado. Unos se resignan, otros tiran maldiciendo la suerte, varios han probado durante años y ahora quieren volver, las bondades nórdicas no lo eran tanto.

Los miembros de la avalancha dejan atrás a la familia, los amigos, los contactos y aquí no conocen a nadie, o a casi nadie, es difícil hacer amigos. El idioma es la primera barrera y esa otra forma de socializar que tienen los daneses, la segunda. El bichillo de la soledad se posa en el hombro. Llega ese día que estás en casa y no sabes muy bien a quién contar lo que te pasó o lo que sentiste, ayer ya llamaste a casa y tus amigos no acaban de entender qué es lo que te pasa; o llega ese momento en el que el cuerpo te pide salir a tomar una cerveza y no sabes a quién llamar; o el domingo por la tarde pensando en que al día siguiente hay que volver al curro y te apetece ver el partido en compañía o ir al cine, pero el partido es el que toca ¡y en danés! y te lo tienes que ver tú solo y la cerveza del super es estupenda pero no es San Miguel ni Estrella Galicia. Coges el teléfono y llamas a ese español que también vive aquí, al que conociste en una quedada con otras 15 personas organizada por un foro de españoles, el que te pareció majo. Acabas contándole tu vida como si os conocierais desde siempre, te escucha y te entiende y al final baja a tomar una cerveza contigo porque lo tienes a 15 minutos en cercanías. El bichillo de la soledad se queda dormido durante un buen rato, pero tarde o temprano se vuelve a despertar. No lo incluías en la maleta pero se ha colado sin previo aviso y ahora hay que vivir con él.

Es una avalancha de españoles, de desesperados, de soñadores, de voluntariosos dispuestos a trabajar duro, de triunfadores y de perdedores, de nostálgicos… Los oigo, los veo, los escucho y confío: ¡ojalá sí, ojalá…! ¿No soy al fin y al cabo uno de ellos?

No es lo mismo seis que 23

Para afirmar que el mercado laboral español y el danés son dos realidades diferentes, sólo hay que echar un vistazo a las cifras. Mientras en el país nórdico el desempleo se sitúa en el 6,2%, en España, según la última EPA publicada en enero, andamos ya por el 22,8% de media, un porcentaje que se eleva hasta el 31,23% en Andalucía. Sin embargo, tanto daneses como españoles se muestran preocupados por el alto índice de parados ya que este se ha duplicado desde los “buenos tiempos” (2007-2008), momento de bonanza en el que por España teníamos sólo un 12% de desempleo, el doble del actual danés.

Si miramos más allá de las frías cifras, también hay algo en las actitudes que diferencia a los desempleados daneses y españoles, especialmente a la hora de buscar trabajo.

Cuando en España nos sumergimos en el apasionante mundo de los buscadores de empleo, descubrimos que para un puesto libre cualquiera, da igual lo mucho o poco cualificado que sea el trabajo, al poco de publicarse ya hay cientos de solicitudes. Eso no impide que uno añada su currículum a la pila, a sabiendas de que sólo será un número más perdido entre la montaña de solicitantes que se irá acumulando en la empresa anunciante. Después cierras los ojos y cruzas los dedos con un “a ver si me llaman” que suena muy parecido al “a ver si toca” que le sueltas al lotero al sellar la primitiva.

Actualmente en Dinamarca se publican 12 anuncios de empleo por cada despido. Los sindicatos aseguran que es poco, supongo que teniendo en cuenta que en 2007 la cifra ascendía hasta 80 por cada cese, pero a mí estas cantidades me dan cierta esperanza, un sentimiento de opción a premio. Y no debo estar equivocada cuando los empresarios, especialmente para trabajos cualificados relacionados con carreras de larga duración, siguen asegurando que es difícil encontrar buenos trabajadores con la formación, la experiencia y la actitud requerida para el puesto. Lo cierto es que hay vacantes difíciles de cubrir y en esos casos se intenta mimar al trabajador para que no huya en busca de pastos más verdes.

Fuente: hola.com

Muy distinta esta actitud al “si tú no lo quieres otro lo querrá” que uno se encuentra en alguna que otra entrevista de trabajo en España, cuando te explican de antemano que te van a pagar poco, que echarás horas extra no remuneradas ni agradecidas y que ni sueñes con llegar a tener algún tipo de contrato estable. Todo esto en el mejor de los casos que, aunque parezca mentira, puede ser peor.

Sin embargo por el frío norte la cosa pinta distinta.

 

Una empresa que conozco bien, necesitaba un programador informático y decidieron poner un anuncio en el portal de empleo más popular por estas tierras. Recibieron una docena de currículos y después del primer filtro, en función de la formación y la experiencia, quedaron unos 4 o 5 candidatos que reunían los requisitos deseados. A estos decidieron llamarlos para realizar una entrevista personal. La respuesta de uno de ellos me parece impensable en la España de los cinco millones de parados: “Si queréis que vaya a una entrevista, tenéis que pagarme 13€”.

Por supuesto le respondieron que no, que sintiéndolo mucho, bajo esas condiciones, no estaban interesados en hablar más con él. A lo que nuestro candidato, seguramente con un encogimiento de hombros, dijo que bueno, vale, que total ya había hecho muchas entrevistas en otros sitios donde no le habían contratado, y que esta entrevista sería más de lo mismo. A los pocos días, cuando en la empresa aún no habían conseguido salir de su estupor, recibieron una llamada del mismo individuo que les proponía hacer la entrevista porque “total, tenía otras entrevistas en la zona y podía pasarse por allí si querían”. Supongo que ahora le salía rentable la visita…

Por si a alguien le queda alguna duda: no, no le entrevistaron. Aunque el puesto sigue vacante. Una  vez realizada la selección, la persona elegida decidió no firmar el contrato porque el jefe que iba a tener no resultó de su agrado.

Con un 6,2% de desempleo supongo que todavía te puedes permitir elegir jefe, ese lujo hace tiempo que lo perdimos España, si es que alguna vez hemos tenido.

Fuentes:
http://www.ae.dk/analyse/okonomisk-kommentar-ledighedstal-februar-2012-mavepuster-til-danske-arbejdsmarked
http://www.ine.es/
Explorador del paro en España según la EPA

Por qué los daneses son más felices

Paco Martínez, español, 34 años, estudió informática porque todos le decían que era la profesión del futuro pero la verdad es que ese trabajo nunca le gustó. Después de tres años de tardes de biblioteca y noches sin dormir para sacar adelante las matemáticas que tanto se le atravesaban, terminó la carrera y empezó a trabajar de becario para diferentes empresas, siempre sin sueldo, a veces incluso sin contrato.

Encontró su primer trabajo un par de años más tarde al que se enfrentó lleno de emoción y nerviosismo. En la empresa casi todos eran jóvenes como él y le prometieron que en poco tiempo podría ser jefe de proyecto, si se esforzaba. Trabajó duro a pesar de la competencia, no siempre leal, con los compañeros y de los gritos de jefe, el no demasiado competente, recién ascendido, hijo de un político local, pero a los 7 meses fue despedido porque gracias a una subvención del gobierno para la contratación de parados de larga duración, su puesto podía cubrirse con un trabajador más barato.

A partir de ahí se sucedieron diversas empresas, más o menos parecidas a la primera, diferentes tipos de jefe más o menos autoritarios, explotadores o comprometidos, periodos de desempleo, una gran colección de cursos del INEM y una resistencia, escepticismo y resignación a prueba de bombas.

Hace tres años alguien le dijo que lo que necesitaba era un master, “todas las empresas lo piden”. Consiguió un préstamo personal de su caja de ahorros, sus padres le ayudaron con algún dinerillo que tenían guardado para “por si acaso” y se apuntó a un master de “Gestión de redes y sistemas de comunicación para grandes corporaciones en el inicio de la revolución tecnológica”. Nunca estuvo muy seguro de que todo aquello sirviera para algo pero al menos quedaba bien en el curriculum y por fin tenía ese master que piden “todas” las empresas.

Allí conoció a María Martín, su novia. Llevan saliendo desde entonces y hace un año se fueron a vivir juntos. Llevaban meses hablando de ello pero esperaban el momento en que los dos se encontraran en un trabajo más o menos seguro. Paco, con 33 años, se mudaba por primera vez de casa de sus padres temiendo que echaría de menos los guisos de mamá y triste por tener que empezar a planchar su propia ropa.

Paco y María quieren tener hijos pero de momento se ha quedado en una ilusión para el futuro. María teme perder el trabajo si se queda embarazada y no pueden vivir con un solo sueldo. Algunas noches da vueltas en la cama con el miedo a que “se le pase el arroz” pero se consuela pensando en todas las mujeres que tienen su primer hijo en torno a la cuarentena.

María y Paco son felices, tienen grandes amigos y una familia que les apoya. Están hartos de su trabajo, de sus respectivos jefes, pero callan y aguantan porque “la cosa está mal” y deberían estar agradecidos sólo por el hecho de tener trabajo. A veces sienten que “no tienen vida” porque echan demasiadas horas y porque se está convirtiendo en una costumbre que su jefe les llame los sábados. No sueñan con recibir compensación alguna por las horas extra pero se conformarían con no recibir una bronca el día que tienen que salir para ir al médico o resolver algún asunto en el banco. Sueñan con un trabajo mejor, con un ascenso, con un futuro en el que puedan comprar una casa que se llenará con la risa de los dos nenes que les gustaría tener pero, con el paso los días, van viendo como la luz de su esperanza se vuelve más tenue.


Anders Sørensen, danés, 34 años, estudió Recursos Humanos porque pensaba que tenía don de gentes y que las carreras de carácter empresarial eran las de mayor salida. En tres años consiguió su bachelor y decidió no continuar con la licenciatura porque tenerla no era decisivo a la hora de encontrar trabajo.

Al acabar consiguió un puesto en el departamento de Recursos Humanos de una gran corporación, allí estuvo durante un año, tiempo suficiente para descubrir que no era lo suyo. Demasiado papeleo, un trabajo más rutinario de lo que había esperado, no le motivaba lo suficiente, en definitiva, se aburría. Por eso, decidió volver a la universidad para estudiar márketing mientras disfrutaba de una subvención que le llegaba para mantenerse. Tres años más tarde estaba preparado para iniciar su vida en lo que le parecía una nueva y apasionante profesión.

Encontró trabajo en una nueva ciudad en el departamento de marketing de una pequeña empresa de muebles, alquiló un bonito apartamento y se sumergió con confianza en lo que sería el inicio de su carrera profesional.

Fuente: dinepenge.dk

Un buen día, un año después, sus jefes le hablaron de los planes para empezar a exportar a Alemania y le hicieron saber que sería muy deseable que su nivel de alemán estuviera a la altura del nuevo reto. Para ello le propusieron proporcionarle algunas clases a lo que Anders aceptó con cierta desgana ya que tendría que asistir una vez por semana al terminar su jornada laboral. Él lo recuerda como un cúmulo de tardes aburridas teniendo que volver a repasar la compleja gramática germana que tanto odiaba en el instituto pero gracias a ello, hoy en día, habla el idioma de forma fluida lo que le ha sido de gran ayuda a la hora de desempeñar sus funciones.

Dos años más tarde, cuando el jefe de Anders se jubiló, le ofrecieron sustituirle y convertirse en el nuevo jefe de departamento. Sus superiores estaban muy satisfechos del trabajo que había desempeñado en la empresa y le consideraban el candidato ideal para cubrir el puesto. Como ayuda para la integración en su nuevo rol, le pagaron un curso de liderazgo, al que tuvo que asistir cada sábado por la mañana durante dos meses, pero el sacrificio merecía la pena. El aumento de sueldo, la capacidad de decisión y la posibilidad de desarrollar sus ideas con mayor libertad fueron un gran incentivo a la hora de aceptar el puesto.

Por aquel tiempo Anders conoció a Mette. Antes de que se diera cuenta, ya estaban viviendo juntos, el apartamento se les había quedado pequeño y se mudaban a un acogedor chalet con jardín.

Hoy en día tienen dos preciosos niños de cinco y tres años. Anders ya no trabaja en la pequeña empresa de muebles, hace tres años le ofrecieron un puesto en el departamento de marketing de una fábrica de lámparas que gestiona contratos a nivel mundial. Andan mirando una casa más grande porque Mette necesita espacio para su taller, le apasiona la fotografía y le gustaría contar con un espacio para trabajar en ello en paz y tranquilidad.

Anders y Mette son felices, llevan una vida tranquila junto a sus hijos. Les gusta viajar, ir de excursión a la playa o al campo y reunirse con sus amigos. Para el futuro sueñan con montar su propia empresa y comprar una casita en Turquía para veranear y que más tarde les sirva de refugio en la jubilación. Saben que con dedicación y esfuerzo, ahorrando un poquito cada año, lo conseguirán.

La revista Forbes ha publicado la lista de los países más felices de la tierra en la que Dinamarca aparece en primer lugar mientras España lo hace en el puesto 43.

Fuentes:
Forbes: The World’s Happiest Countries
España es uno de los países más infelices de Euripa según el instituto Gallup

¡¡¡¡¡Vivaaaa Españaaaaaa!!!!