Imagina que trabajas en el pabellón danés de la Expo de Shanghai, hace calor y cada día paseas junto al lago artificial de agua del puerto de Copenhague donde está instalada la Sirenita. Imagina que no eres un trabajador cualquiera sino el amo del calabozo, el responsable de las instalaciones, el que tiene las llaves de la puerta. Has tenido un día duro, el príncipe heredero ha venido de visita porque es el día dedicado a tu país. Es hora de cerrar, miras a tus compañeros, cansados, muertos de calor…
¿Y si celebramos una fiesta?
Quizás las cosas ocurrieron exactamente así o quizás existió algo más de premeditación, en cualquier caso, los empleados del pabellón danés de la Expo de Shanghai cerraron las puertas y se pegaron el fiestón de sus vidas, con baño en la piscina de La Sirenita incluido y por supuesto, con una pérdida completa del control, todo ello retransmitido en directo.
Una cámara apunta 24 horas al día a la querida figura danesa y muestra su frío perfil a aquellos que la echan de menos en su país de origen, tanto por Internet como en una pantalla situada en su ubicación habitual. Gracias a ello, hemos podido ver cómo los daneses que trabajan en Shanghai abrazaban, besaban, se subían encima de la Sirenita o simulaban que esta les practicaba una felación mientras se fotografiaban en el súmmun de la diversión.
Las imágenes de la fiesta rápidamente se esparcieron por Internet y algunos periódicos nacionales se han hecho eco de la noticia, aunque sin darle excesiva importancia, una fiesta más, una chiquillada de borrachos. Lejos de provocar palabras airadas o que alguien se escandalizase, el hecho ha dejado a todos más o menos indiferentes. “Sólo es una estatua”, dicen algunos. “Esto mismo pasa a menudo cuando está en el puerto”, dicen otros. Una juerga, una fiesta como cualquier otra dónde corre el alcohol.
Sin embargo, resulta curiosa la falta de respeto de sus propios ciudadanos a lo que podría considerarse un símbolo nacional, porque es un símbolo nacional, ¿o no?
Fuente: Brandingdanmark.dk
Si preguntas a los daneses por aquellos símbolos que los representan seguramente nombrarán la bandera en primer lugar y quizás en la lista nunca llegue a aparecer La Sirenita. Sin embargo, cuando se publicita el país como destino turístico, es la figurita de los cuentos de Andersen quien siempre está presente, para el resto del mundo es el símbolo de Dinamarca. Esta es una de las razones por las que hoy se expone en Shanghai, publicitar el país, a través de su símbolo más internacional, para atraer la inversión asiática, especialmente China.
Entonces es posible que La Sirenita no sea más que un logotipo, una figura publicitaria que aunque ha conquistado el corazón de turistas e inversores extranjeros, deja fríos a sus propios conciudadanos que tienen otros artificios que creen que les representan mejor como pueblo. Reducido a la categoría de aparato publicitario, la famosa figura del puerto de Copenhague no merecería más respeto o consideración que un cartel de Coca cola. Que alguien la bese, salte encima o practique posturas graciosas en su regazo no tendría la más mínima importancia.
Sin embargo, algo tiene que haber entre los daneses y La Sirenita porque su traslado no ha sido sencillo y ha estado rodeado de una fuerte oposición desde el principio. Todos preguntaban qué habría en su lugar durante su estancia en oriente como si les fuera a faltar algo, como si notaran un vacío en la ciudad sin la silenciosa serenidad de “Den Lille havfrue”.
¿Es sólo una estatua o es la imagen de Copenhague que se vio burlada por sus propios compañeros en el fragor de una fiesta?
Paco Martínez, español, 34 años, estudió informática porque todos le decían que era la profesión del futuro pero la verdad es que ese trabajo nunca le gustó. Después de tres años de tardes de biblioteca y noches sin dormir para sacar adelante las matemáticas que tanto se le atravesaban, terminó la carrera y empezó a trabajar de becario para diferentes empresas, siempre sin sueldo, a veces incluso sin contrato.
Encontró su primer trabajo un par de años más tarde al que se enfrentó lleno de emoción y nerviosismo. En la empresa casi todos eran jóvenes como él y le prometieron que en poco tiempo podría ser jefe de proyecto, si se esforzaba. Trabajó duro a pesar de la competencia, no siempre leal, con los compañeros y de los gritos de jefe, el no demasiado competente, recién ascendido, hijo de un político local, pero a los 7 meses fue despedido porque gracias a una subvención del gobierno para la contratación de parados de larga duración, su puesto podía cubrirse con un trabajador más barato.
A partir de ahí se sucedieron diversas empresas, más o menos parecidas a la primera, diferentes tipos de jefe más o menos autoritarios, explotadores o comprometidos, periodos de desempleo, una gran colección de cursos del INEM y una resistencia, escepticismo y resignación a prueba de bombas.
Hace tres años alguien le dijo que lo que necesitaba era un master, “todas las empresas lo piden”. Consiguió un préstamo personal de su caja de ahorros, sus padres le ayudaron con algún dinerillo que tenían guardado para “por si acaso” y se apuntó a un master de “Gestión de redes y sistemas de comunicación para grandes corporaciones en el inicio de la revolución tecnológica”. Nunca estuvo muy seguro de que todo aquello sirviera para algo pero al menos quedaba bien en el curriculum y por fin tenía ese master que piden “todas” las empresas.
Allí conoció a María Martín, su novia. Llevan saliendo desde entonces y hace un año se fueron a vivir juntos. Llevaban meses hablando de ello pero esperaban el momento en que los dos se encontraran en un trabajo más o menos seguro. Paco, con 33 años, se mudaba por primera vez de casa de sus padres temiendo que echaría de menos los guisos de mamá y triste por tener que empezar a planchar su propia ropa.
Paco y María quieren tener hijos pero de momento se ha quedado en una ilusión para el futuro. María teme perder el trabajo si se queda embarazada y no pueden vivir con un solo sueldo. Algunas noches da vueltas en la cama con el miedo a que “se le pase el arroz” pero se consuela pensando en todas las mujeres que tienen su primer hijo en torno a la cuarentena.
María y Paco son felices, tienen grandes amigos y una familia que les apoya. Están hartos de su trabajo, de sus respectivos jefes, pero callan y aguantan porque “la cosa está mal” y deberían estar agradecidos sólo por el hecho de tener trabajo. A veces sienten que “no tienen vida” porque echan demasiadas horas y porque se está convirtiendo en una costumbre que su jefe les llame los sábados. No sueñan con recibir compensación alguna por las horas extra pero se conformarían con no recibir una bronca el día que tienen que salir para ir al médico o resolver algún asunto en el banco. Sueñan con un trabajo mejor, con un ascenso, con un futuro en el que puedan comprar una casa que se llenará con la risa de los dos nenes que les gustaría tener pero, con el paso los días, van viendo como la luz de su esperanza se vuelve más tenue.
Anders Sørensen, danés, 34 años, estudió Recursos Humanos porque pensaba que tenía don de gentes y que las carreras de carácter empresarial eran las de mayor salida. En tres años consiguió su bachelor y decidió no continuar con la licenciatura porque tenerla no era decisivo a la hora de encontrar trabajo.
Al acabar consiguió un puesto en el departamento de Recursos Humanos de una gran corporación, allí estuvo durante un año, tiempo suficiente para descubrir que no era lo suyo. Demasiado papeleo, un trabajo más rutinario de lo que había esperado, no le motivaba lo suficiente, en definitiva, se aburría. Por eso, decidió volver a la universidad para estudiar márketing mientras disfrutaba de una subvención que le llegaba para mantenerse. Tres años más tarde estaba preparado para iniciar su vida en lo que le parecía una nueva y apasionante profesión.
Encontró trabajo en una nueva ciudad en el departamento de marketing de una pequeña empresa de muebles, alquiló un bonito apartamento y se sumergió con confianza en lo que sería el inicio de su carrera profesional.
Fuente: dinepenge.dk
Un buen día, un año después, sus jefes le hablaron de los planes para empezar a exportar a Alemania y le hicieron saber que sería muy deseable que su nivel de alemán estuviera a la altura del nuevo reto. Para ello le propusieron proporcionarle algunas clases a lo que Anders aceptó con cierta desgana ya que tendría que asistir una vez por semana al terminar su jornada laboral. Él lo recuerda como un cúmulo de tardes aburridas teniendo que volver a repasar la compleja gramática germana que tanto odiaba en el instituto pero gracias a ello, hoy en día, habla el idioma de forma fluida lo que le ha sido de gran ayuda a la hora de desempeñar sus funciones.
Dos años más tarde, cuando el jefe de Anders se jubiló, le ofrecieron sustituirle y convertirse en el nuevo jefe de departamento. Sus superiores estaban muy satisfechos del trabajo que había desempeñado en la empresa y le consideraban el candidato ideal para cubrir el puesto. Como ayuda para la integración en su nuevo rol, le pagaron un curso de liderazgo, al que tuvo que asistir cada sábado por la mañana durante dos meses, pero el sacrificio merecía la pena. El aumento de sueldo, la capacidad de decisión y la posibilidad de desarrollar sus ideas con mayor libertad fueron un gran incentivo a la hora de aceptar el puesto.
Por aquel tiempo Anders conoció a Mette. Antes de que se diera cuenta, ya estaban viviendo juntos, el apartamento se les había quedado pequeño y se mudaban a un acogedor chalet con jardín.
Hoy en día tienen dos preciosos niños de cinco y tres años. Anders ya no trabaja en la pequeña empresa de muebles, hace tres años le ofrecieron un puesto en el departamento de marketing de una fábrica de lámparas que gestiona contratos a nivel mundial. Andan mirando una casa más grande porque Mette necesita espacio para su taller, le apasiona la fotografía y le gustaría contar con un espacio para trabajar en ello en paz y tranquilidad.
Anders y Mette son felices, llevan una vida tranquila junto a sus hijos. Les gusta viajar, ir de excursión a la playa o al campo y reunirse con sus amigos. Para el futuro sueñan con montar su propia empresa y comprar una casita en Turquía para veranear y que más tarde les sirva de refugio en la jubilación. Saben que con dedicación y esfuerzo, ahorrando un poquito cada año, lo conseguirán.
La revista Forbes ha publicado la lista de los países más felices de la tierra en la que Dinamarca aparece en primer lugar mientras España lo hace en el puesto 43.
Durante mucho tiempo, la maleta que volvía de España siempre traía un pesado fondo de libros: Novelas, libros de historia, ensayos psicológicos, volúmenes sobre atención al cliente o comunicación corporativa, cuentos… Aunque las ruedas de mi equipaje aún sufre bajo el peso de las lecturas destinadas a los meses por venir, cada vez un poquito menos gracias al fantástico sistema de bibliotecas danés.
Vivo en un pueblecito pequeño, tan pequeño que no se permite el lujo de tener biblioteca, pero la verdad es que no la necesita porque, aún sin ella, tengo a mi disposición cualquier libro que se encuentre en cualquier biblioteca pública danesa. ¿Cómo es posible?
Los catálogos de todas las bibliotecas de Dinamarca están accesibles a través de una única dirección de Internet: www.bibliotek.dk. En su página principal está a disposición del usuario el habitual formulario de búsqueda por autor, título, tema, idioma, formato, etc… Una vez localizado el libro a adquirir en préstamo, con un simple click se obtiene una lista de las bibliotecas que cuentan con dicho volumen entre sus fondos. Si hay suerte, estará disponible en la biblioteca de tu ciudad con lo que se puede reservar e ir a recoger allí. Pero, ¿y si ese ejemplar sólo se encuentra disponible en una ciudad a 300 kilómetros de tu casa? No hay problema, lo reservas igualmente y desde allí lo envían a tu localidad para que puedas ir a recogerlo y disfrutar de él del mismo modo que lo harías con un libro perteneciente a los fondos locales.
¿Y los que vivimos en pueblecitos pequeños, tan pequeños que no se pueden permitir el lujo de tener biblioteca? Para nosotros hay un bibliobus, que viene cada día, donde podemos recoger, entregar y encargar los libros que deseemos.
Todo el servicio es gratuito y no existe ningún límite en la cantidad de libros que puedes tener en préstamo. El paraíso para los lectores compulsivos que no sabemos dormir sin nuestra ración diaria de historias y vidas ajenas, de evasión a otros mundos, de relatos llenos de magia, poesía, belleza o realismo desgarrador que nos hacen pensar o nos ayudan a soñar.
Sigo jugando a la lotería y rezando a San Pancracio, el santo que se encarga de que no falte trabajo en una casa, para que o me toque un bote de los gordos o el desempleo baje hasta el 10% y así volver a mi España querida. Personalmente, prefiero ser la agraciada de un buen euromillones, pero si al menos el panorama laboral mejorase hasta el punto de que ya no sea una quimera encontrar un trabajo con un sueldo que te permita vivir lejos de casa de los padres, me sentiría con ánimos de abandonar mi estatus de emigrante en tierra de vikingos y volver a ser yo misma entre los míos. No es que aquí se esté mal, pero digamos que los extranjeros no somos precisamente bienvenidos y que cada vez veo más claro que este es un maravilloso país… para los daneses. Por eso no puedo evitar que en mi mente se cuele a menudo la idea de volver a casa, con los míos. Supongo que me he cansado de ser primero inmigrante y luego persona y que cualquier rasgo de lo que soy, de lo que valgo o de lo que puedo o no puedo lleve delante la palabra inmigrante o cualquiera de sus más o menos políticamente correctos sinónimos (indvandrer, nydansker, udlænding, perker).
Fuente:ciudadesdeeuropa.net
Pero cuando fantaseo y me veo de vuelta en España, este país me guiña un ojo, me deslumbra con un rayo de sol y me enseña con una sonrisa esos detalles que hacen maravillosa esta tierra y pienso: “esto lo echaré de menos el día que deje Dinamarca”. Por eso he decidido hacer una lista que iré poniendo en el blog de vez en cuando, una lista de todo lo bueno de por aquí, las cosas sencillas, los pequeños detalles que hacen este país tan especial.
Cosas que echaré de menos cuando deje Dinamarca (CEMCUDD):
1. La puntualidad de los autobuses y la amabilidad de sus conductores.
Al comenzar a vivir en Dinamarca siempre estaba 10 minutos antes en la parada del autobús. Muerta de frío, con las manos enguantadas en los bolsillos e intentando calarme el gorro de lana hasta que me tapaba las orejas, miraba a un lado y otro de la calle esperando ver la mole blanca del coche de línea. Un vistazo arriba de la calle, una ojeada al reloj, un vistazo abajo de la calle, vuelta al reloj. Según se acercaba la hora iba pensando que quizás el autobús había llegado antes de tiempo y que ya se habría ido. ¿Sería posible que lo hubiera perdido? De hecho, estaba sola en la parada. De repente comenzaban a llegar el resto de pasajeros, miraba el reloj, el autobús debería llegar en dos minutos. ¡Y ahí estaba! El destello blanco del bus girando para enfilar hacia la parada, absolutamente puntual.
Dejé de ir 10 minutos antes, ahora voy dos, para asegurarme de que llego a tiempo. A veces, la gran caja blanca ya me está esperando. El conductor mira la hora mientras mantiene la puerta abierta para que todos vayamos subiendo y puntual, arranca hacia su destino.
He cogido la misma línea, hacia el mismo destino, varios días a la semana durante meses. Poco a poco he ido conociendo a todos los conductores. Mi favorito es el charlatán. Siempre encuentra un compañero de tertulia que haga el recorrido de su ruta más ameno. Discute de lo divino y lo humano, siempre sonriente, siempre de buen humor. Genera conversaciones que duran lo que dura un billete, conversaciones que renacen y mutan con cada nuevo pasajero de humor para unos minutos de charla. Le gusta saludar a toques de claxon a las personas que conoce al cruzarse con ellos por los pueblos. Conoce a sus habituales, los atiende con simpatía, sabe dónde suben, dónde bajan…
Un día me apeé un pueblo antes del mío y al día siguiente me dijo:
- ¿Qué pasó ayer? ¿Te bajaste un pueblo antes?
- Sí… yo me baje en… – contesté confusa.
- ¡La próxima vez tienes que decírmelo! Cuando llegamos a tu pueblo pensé que te habrías quedado dormida porque no te bajaste, así que recorrí el autobús buscándote.
Fuente: busbilleder.dk
Otro de mis favoritos es la conductora gordita. No sólo es su buen humor y su sonrisa, aunque ambas se agradecen en las mañanas frías, muy muy temprano, cuando el cuerpo te recuerda que el café no estaba lo suficientemente cargado para soportar la madrugada y el mal tiempo, es que tiene la amabilidad de sacarme de mi ensimismamiento cuando me quedo leyendo en la parada y no me doy cuenta de que el autobús ya está allí. Sino fuera por ella, me habría quedado en tierra en más de una ocasión.
Hace poco, cuando pasaba unos días en otra zona de Dinamarca, llegué tarde a coger el bus. Vi como me adelantaba calle abajo y comencé a correr. Corría mirando el reloj, sabiendo que era tarde, que lo iba a perder, pero confiaba en la misericordia del conductor, que se apiadara de mí, me esperara y me dejara subir. Interiormente, sin embargo, estaba convencida de que iba a ver como las puertas se cerraban justo cuando me faltaran dos pasos para alcanzarlas, que todo terminaría con el autobús sobrepasándome mientras el conductor me miraba con una sonrisa pícara, de satisfacción malvada.
Sin resuello, llegué aún con las puertas abiertas, subí los dos peldaños de entrada y saqué el bonobús. ¡No funcionaba! Malditas máquinas del infierno. ¡Lo que me faltaba! Miré con consternación al conductor, segura de que esto sería el colmo de su paciencia, y esperando alguna frase sarcástica cargada con una regañina encubierta. Nada más lejos, se levantó del volante, vino a la máquina, hizo unas bromas y tras varios intentos y sucesivos estiramientos del cartoncillo, consiguió que funcionara, con lo que pudimos, por fin, emprender la marcha, sin reproches.
Echaré de menos los autobuses y sus amables conductores el día que deje Dinamarca.
Ahora que el escándalo sobre el vídeo de Visitdenmark, dónde una joven buscaba al padre de su hijo, ha llenado tanto los medios de comunicación daneses cómo internacionales llega el tiempo de las disculpas y las justificaciones.
Fuente: Ekstra Bladet
Visitdenmark sigue, en cierta manera, defendiendo el vídeo y asegurando que “es un buen ejemplo de mujeres danesas dignas e independientes que no temen tomar sus propias decisiones”. Sin embargo, parece que el mensaje que ha llegado más claramente es: Dinamarca es un país lleno de mujeres atractivas dispuestas a irse a la cama con desconocidos. Ven a Dinamarca y disfruta de sexo sin compromiso.
Tampoco existe una justificación económica tras dicha campaña. La idea de colgar un vídeo en Youtube y dejar que sean los internautas quienes lo propaguen no ha resultado tan barata como se podía creer en un principio. La “campaña” de Visitdenmark ha costado 1,6 millones de coronas, casi 225.000 €, que han salido directamente del bolsillo de los ciudadanos daneses ya que la organización es de carácter público.
Como suele ocurrir en estos casos, ha comenzado la caza del responsable último al que poder culpar y algunos señalan con el dedo a la directora de Visitdenmark, Dorte Kiilerich, que en su defensa dice: “Yo no soy responsable sobre el modo en que la gente percibe el vídeo”. A lo que han respondido entre otros el Presidente de la Junta Directiva de la organización, Georg Sørensen, que es precisamente su trabajo tener en cuenta el efecto que producirá una determinada campaña.
Ays, con lo fácil que hubiera sido colgar simplemente un vídeo de la sirenita….
Según un artículo publicado por el diario gratuito danés “24 timer” (http://www.e-pages.dk/24timer/2012/) “las medidas tomadas por los daneses para evitar el contagio de la Gripe A rozan la histeria”. Una encuesta realizada recientemente a nivel nacional muestra que uno de cada seis daneses tiene miedo a morir de Gripe A.
En sintonía con el pánico generalizado entre la población, tanto empresas como autoridades públicas han promulgado recomendacionespara atajar la propagación de la epidemia:
Jabón desinfectante antes de empezar a trabajar: Saxo Bank ha colocado dispensadores automáticos de jabón desinfectante tanto en los baños como en la cafetería de sus instalaciones. Además existe uno a disposición de los trabajadores en la recepción del banco que deben usar antes de incorporarse a sus puestos de trabajo.
Prohibidos los abrazos: Varios ayuntamientos han prohibido los abrazos entre los niños tanto en escuelas como en guarderías para evitar que se contagien al tener contacto físico entre ellos.
Traje anticontaminación
Alcohol desinfectante para los ordenadores: Protección civil recomienda que las herramientas y ordenadores se desinfecten con alcohol antes de ser prestados a un compañero.
Prohibido estrechar la mano: La dirección de la empresa nacional ferroviaria danesa, DSB, ha recomendado a sus trabajadores que eviten la costumbre de saludarse con un apretón de manos para evitar el contagio de gripe A.
Traje anticontaminación para tratar a los infectados: Los trabajadores del servicio de emergencias “Falck” deberán llevar traje anticontaminación, guantes, mascarilla y gafas protectoras para asistir a los infectados de Gripe A. Además estos no podrán ser transportados en sus ambulancias para evitar que contagien a otros enfermos.
Uso de la videoconferencia: La confederación empresarial del sector industrial danés recomienda mantener videoconferencias en lugar de reuniones presenciales.
¿Para qué sirve realmente cuando tras el lavado hay que agarrar el pomo contaminado de la puerta del baño para volver al trabajo? ;D
La campaña está dirigida a que los ciudadanos sean los responsables de evitar la propagación de la Gripe A, una enfermedad que sólo en casos extremadamente raros es mortal. Pero cuando la OMS la califica de pandemia, iniciativas como la educación en “lavado de manos” revisten a las autoridades sanitarias de una apariencia de efectividad y determinación.
Por otra parte, se consigue convenientemente distraer la atención de problemas mucho más graves, como los causados por la reducida higiene de los hospitales daneses. De hecho, muchos pacientes son enviados a casa, después de un periodo de hospitalización, con infecciones por estafilococos. Los pacientes deben recuperarse de la operación y la infección a cargo de sus familiares a los que se hace responsables de las condiciones higiénicas a partir de ese momento. Sin embargo, los pacientes que vuelven al país procedentes del sur de Europa son puestos en cuarentena por miedo a que introduzcan estafilococos multiresistentes.
He observado personalmente las tareas de limpieza que se realizan en los hospitales españoles y me siento significativamente más segura en un hospital público en España que en uno en Dinamarca.