Desarraigo

Hoy por primera vez he descubierto lo que significa el desarraigo.

Es un día cualquiera, como todos los demás, con un cielo encapotado, blanquecino. Un día en que me levanto, bebo un café y me pongo manos a la obra y en un momento cualquiera, sin previo aviso, lo he sentido: la sensación de falta de pertenencia, de ser de allí y de aquí y no ser de ningún sitio.

Parece que el tiempo ha provocado que no sienta afinidad con mis compatriotas recién llegados al país, que añoran la fabada, se desesperan buscando en los supermercados los mismos productos que compraban en España y se niegan a que en su círculo se pronuncie una sola palabra en danés. Los mismos, en contraposición, que no admiten que se critique este país maravilloso, encarnación de todas las virtudes, y que aleccionan sobre “danicidad” e integración enarbolando símbolos extraños como su capacidad para desplazarse a diario en bicicleta, un vehículo que no habían vuelto a usar en España desde los veranos infantiles en la casa del pueblo.

Quizás el problema es que no tengo bicicleta.

Creo que no la necesito, vivo en el centro y me gusta caminar. ¡Qué poco danés por mi parte! Algún que otro español ya se ha ocupado de señalármelo con sorpresa y un deje de desprecio, como si cojeara en algún punto en mi compromiso con Dinamarca, a pesar de mi carencia de añoranza por la fabada y mi deseo de hablar danés “så meget som muligt*” por que así, quizás un día me cure de este acento terrible del que adolezco.

Quizás deba comprarme una bicicleta.

Porque junto a la sensación de esa falta de afinidad con los míos ha aparecido el deseo de ser uno más entre los de aquí, un número más en la multitud de daneses. Pero no lo soy, no soy danesa. Mi acento, mis maneras, mi pasado y a veces mis opiniones, me delatan.

Hace tiempo alguien me dijo que era “demasiado oscura” para pasar por danesa, que no había nada claro en mi. Pelo castaño, ojos verde/marrones, una piel que según mi dermatólogo español tengo que cuidar porque es muy clara… Si el baremo para sentirme parte de la sociedad que me rodea son unos rasgos físicos necesarios, puede que a la vuelta de la tienda de bicis tenga que hacer una visita a la peluquería.

Aún así, en cuanto abriera la boca y empezara a pronunciar las “æ ø å” a mi manera para atreverme tímidamente a apuntar que quizás en este país haya algunos problemas en materia de sanidad, educación o inmigración, tendría que oír alguno de esos “pues si no te gusta ¿porqué no te vas?”. Y es que es difícil explicar que sí me gusta, que me gusta tanto que quiero que todo sea aún mejor y contribuir a ello con mi pequeño granito de arena, con los medios que un ciudadano común de este país tiene a su alcance.

Pero, sinceramente, hoy, mientras un pan de centeno se cuece en el horno y en la cafetera empieza a humear el café con torrefacto traído de España, me persigue esa sensación de que no puedo pasar por uno de ellos y no me siento uno más entre los míos. Me ha atrapado el desarraigo.

*Todo lo que pueda.

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