Gracias por su interés y por favor, siga leyendo

Si algo me resultó difícil a mi llegada a Dinamarca fue conocer y poner en práctica las normal sociales imperantes; saber qué decir o qué hacer y hacerlo o decirlo en el momento adecuado, para poder presentarme como una persona educada, atenta y respetuosa con los demás. Al llegar aquí descubres que, aunque supieras comportarte con corrección en tu país de origen, las normas sociales pueden tener matices o variaciones en Dinamarca, que si son ignoradas, te harán quedar como un patán desconsiderado o un maleducado.

høflighed

Hace tiempo bromeaba diciendo que en Dinamarca cuesta 15 minutos despedirse en una conversación que sólo había tomado cinco. La retahíla de los gracias, los da recuerdos a, los fue agradable hablar contigo, etc, se me antojaba larguísima, laboriosa y sin duda complicada.

En este país es imprescindible recordar cada una de las ocasiones y momentos en los que es necesario dar las gracias: Gracias por lo último hecho, compartido (Tak for sidst); Gracias por tu visita (tak for besøget), Gracias por la comida (tak for mad) etc. Siempre se envía un abrazo o un saludo a la pareja, los hijos, los conocidos… Las cosas se piden siempre por favor (må jeg bede om…), incluso en los ambientes más relajados o familiares, y se felicita no sólo a los que celebran un cumpleaños o la confirmación, sino también a los padres de estos en contrapartida o al cónyuge del que cumple años. Al llegar o al abandonar una fiesta se saluda a cada uno de los participantes y no puedes irte sin dar las gracias al anfitrión y expresarle lo agradable que ha sido ese rato en su compañía. A las visitas se las recibe siempre con un “bienvenidos” y se las despide con un “gracias por la visita” y un “buen viaje de vuelta”. Y esto por citar solo algunos ejemplos de lo que se espera de una persona de bien con buena educación.

En España por el contrario los gracias y los por favor están cayendo más y más en desuso, algunos incluso dirán que nos estamos volviendo unos maleducados. En los ambientes familiares incluso han sido completamente desterrados y más de uno se quedaría patidifuso si oyera al jefe darle las gracias por algo. El “por favor” podemos empezar a considerarlo una especie en peligro de extinción, algún camarero me ha mirado con ojos como platos al pedir un café acompañado de dicha palabra, pero afortunadamente aún nos atrevemos a dar las gracias de vez en cuando.

mas-amor-por-favor
La fórmula de cortesía por excelencia durante muchos años ha sido “el usted” que cada vez empleamos menos. Lo dejamos reservado para quién nos parece muy mayor y a quién no tenemos confianza o para la primera vez que nos encontramos ante un jefe, un profesor u otra figura de autoridad. La policía todavía nos llama de usted, cuando no están dando porrazos, algún que otro profesor decide voluntariamente utilizar esta fórmula con sus alumnos y las teleoperadoras son instruidas en su manejo, aunque a veces son capaces de esgrimirlo con un deje de desprecio y “no me toques más las narices” digno de admiración, pero podríamos decir que el tuteo se ha generalizado.

Atrás quedaron los tiempos en los que no estaba permitido apearse del usted que se empleaba incluso de hijos a padres y representaba todo un símbolo de aceptación el que nos permitieran utilizar el tuteo. Las figuras de autoridad siempre y por siempre eran tratadas de usted: el jefe, el sereno, el policía, el cartero… Los mayores y los vecinos, de usted también, y eran Don tal y don cual, doña señora de tal y Señor esto y lo otro. Y te ponías a su servicio y a su disposición, su “de usted”, por supuesto. Por aquel entonces las gracias, los por favor y los recuerdos a su señora también en España eran de obligado cumplimiento.

Y siento que de aquel entonces, de los tiempos del señor bajito con bigote, se nos quedó cierto sabor a servilismo en la punta de las fórmulas de cortesía, de ese agachamiento de cabeza que acompañaba al usted y de esa deferencia hacia un inferior que venía con el permiso del tuteo. Y por eso, ahora que el señor bajito ya no está, nos hemos desprendido de ello, nos lo hemos sacudido. Algunos padres olvidaron enseñarlo, en parte porque les parecía un demasiado su uso en el hogar, allí donde estamos en familia. Porque en familia no hacen falta esas cosas y para sentirse en casa hay que tener confianza. La confianza parece estar reñida con los usted, los por favor y los gracias oficiales.

Así poco a poco nos hemos pasado al otro extremo, a una cierta descortesía que escuece cuando no te piden las cosas con educación y respeto o cuando una vez más olvidan un gracias de esos que sientan tan bien después de un esfuerzo, un gracias que te mereces. ¿No es de bien nacidos el ser agradecidos?

PORFAVOR
Sin embargo ahora he sabido que a mi sobrinita le han dicho en el cole que tiene que aprender a pedir las cosas por favor y dar las gracias. Toda la familia estamos haciendo un esfuerzo para pedirnos el pan por favor en la mesa  y devolver un gracias al que te lo acerca. A mí ya casi, casi me sale natural después de un duro entrenamiento en los gracias, regracias, por favores y ¡qué tarde más agradable hemos pasado juntos! daneses.

Saludos a la familia y que pasen ustedes un buen día.

Exilio 2.0

He oído hablar de sueños
He visto maletas llenas de nostalgia, añoranzas, morriña, esperanza…
He compartido soledades
He escuchado
Y he confiado, acallando la voz que silenciosa me decía, quizás no…

Hay quién lo llama la avalancha española, los desesperados…

Casi ninguno habla danés; muchos dicen defenderse en inglés, hasta que descubren que ese inglés de defensa apenas es comprensible y no alcanza ni de lejos para cubrir las necesidades del día a día. Han oído a unos y a otros comentar las bondades de los países nórdicos pero casi nadie les ha hablado de sus sombras. Conocen de memoria el bajo índice de desempleo, lo cotejan con el español, comparan también los salarios y creen que saldrán ganando con el cambio, que pronto encontrarán algo bueno, que conseguirán salir adelante porque “en Dinamarca se vive muy bien”.

La mayoría repite lo de “busco trabajo de cualquier cosa”, lo cierto es que algunos es a lo único a lo que pueden aspirar. Llegan sin estudios que los cualifiquen; en España ya sobrevivían haciendo un poco de todo y esas mismas intenciones tienen para su futuro danés más inmediato. Otros pretenden seguir en la misma trayectoria laboral que tenían en casa y esconden que, al menos de momento, están limpiando o moviendo cajas en un almacén. Los hay con “suerte”, aquellos que con una ingeniería, una carrera informática o química, con un buen nivel de inglés y experiencia laboral, encontraron un puesto en su área de especialización y ahora disfrutan de buenas condiciones de trabajo y un salario más que decente. Son los ejemplos que después se cuentan, se enumeran, se ejemplifican, los que empujan una nueva avalancha, un nuevo grupo de desesperados, una oleada que, como las anteriores, descubrirá que la competencia es dura, que hablar danés casi siempre es un requisito imprescindible y que extranjeros sin cualificación y con pocas habilidades idiomáticas, a parte de su lengua materna, los hay en abundancia de todas las nacionalidades.

Hay algo que casi todos tienen en común, tres compañías que más o menos se sacuden o que más o menos ahogan: la añoranza, la esperanza y la soledad.

Dinamarca no suena igual, no huele igual, no sabe igual. Incluso aquellos que salieron de España dando una patada a la puerta, gritando aquello de “ahí te quedas país de pandereta”, alguna vez, frente a un trozo frío de pan de centeno a la hora del almuerzo, echan de menos el sabor de la sopa de cocido de madre, algún día entran en casa y falta algo: el sonido del carrusel deportivo un domingo por la tarde, las voces de las señoras en el patio de luces, el olor a berza o pescado de casa de algún vecino… Algunos se sacuden esa morriña con un manotazo o un parpadeo, otros redescubren el placer del trozo de jamón traído de España, la botella de sidra arropada entre camisetas en una maleta, el paquete de turrón que la familia ha mandado por correo. Lo atesoran, lo degustan en pequeñas porciones y se lo ofrecen como el más exquisitos de los manjares a los otros españoles que aparecemos de visita. ¡Y cómo se agradece! Porque en ese rato junto a otro español perdido por estas tierras, por unas horas, te vuelves a sentir en casa, eres de nuevo y al 100% tú mismo y la añoranza se va a dormir.

Y junto la añoranza, la esperanza, el sentimiento en la otra cara de la moneda.

El día que haces la maleta de camino al frío norte, empaquetas unos cuantos sueños, unos cuantos proyectos, planes iniciales y toda la esperanza que puedas recopilar para poder sostenerte, sobretodo en los primeros tiempos. “Iré allí, al principio me tocará trabajar de cualquier cosa pero aprenderé danés y entonces podré encontrar algo de lo mío.” “Seguro que encuentro trabajo de lo que sea, peor que en España no voy a estar.” “Harán falta profesores de español, digo yo, el español está de moda…” Algunos tienen planes más concretos, mucho más. Otros tienen claro por dónde tirar, lo han estudiado, han leído foros y páginas web, saben lo que se cuece. Y también los hay que simplemente quieren probar suerte. Unos ahorros iniciales, algún conocido, algún amigo, algún familiar… Algunos lo conseguirán, otros fundirán los ahorros y volverán a España con la cabeza más o menos alta, los hay que saldrán adelante aunque ni mucho menos como lo habían planeado. Unos se resignan, otros tiran maldiciendo la suerte, varios han probado durante años y ahora quieren volver, las bondades nórdicas no lo eran tanto.

Los miembros de la avalancha dejan atrás a la familia, los amigos, los contactos y aquí no conocen a nadie, o a casi nadie, es difícil hacer amigos. El idioma es la primera barrera y esa otra forma de socializar que tienen los daneses, la segunda. El bichillo de la soledad se posa en el hombro. Llega ese día que estás en casa y no sabes muy bien a quién contar lo que te pasó o lo que sentiste, ayer ya llamaste a casa y tus amigos no acaban de entender qué es lo que te pasa; o llega ese momento en el que el cuerpo te pide salir a tomar una cerveza y no sabes a quién llamar; o el domingo por la tarde pensando en que al día siguiente hay que volver al curro y te apetece ver el partido en compañía o ir al cine, pero el partido es el que toca ¡y en danés! y te lo tienes que ver tú solo y la cerveza del super es estupenda pero no es San Miguel ni Estrella Galicia. Coges el teléfono y llamas a ese español que también vive aquí, al que conociste en una quedada con otras 15 personas organizada por un foro de españoles, el que te pareció majo. Acabas contándole tu vida como si os conocierais desde siempre, te escucha y te entiende y al final baja a tomar una cerveza contigo porque lo tienes a 15 minutos en cercanías. El bichillo de la soledad se queda dormido durante un buen rato, pero tarde o temprano se vuelve a despertar. No lo incluías en la maleta pero se ha colado sin previo aviso y ahora hay que vivir con él.

Es una avalancha de españoles, de desesperados, de soñadores, de voluntariosos dispuestos a trabajar duro, de triunfadores y de perdedores, de nostálgicos… Los oigo, los veo, los escucho y confío: ¡ojalá sí, ojalá…! ¿No soy al fin y al cabo uno de ellos?

CEMCUDD IV

Sønderjylland

Sé que algunos no darán crédito a sus ojos cuando lean esto pero, echaré de menos Sønderjylland el día que deje Dinamarca. Lo cierto es que ya la echo de menos…

Kilde: Heriksfoto

Sønderjylland es la tierra que se extiende en el límite de la península de Jylland hasta abrazar Alemania, el hogar de los grandes patriotas daneses, un territorio con su propio dialecto, sønderjysk, y una palabra clave “mojn”, un saludo que sólo utilizarás en esta región.

Al contrario que el resto de los habitantes de Dinamarca, los sønderjyder son daneses por elección propia tras un referendum en 1920 que los convirtió en nórdicos pese a su previa condición de alemanes, esto los lleva por derecho, a considerarse los más daneses entre los daneses. Casi todo aquel que posee un jardín tiene instalado un asta de bandera para, en los días señalados, izar orgulloso la Dannebrog. Es un espectáculo digno de ver, un pueblo engalanado con cientos de banderas que ondean al sol un día que amanece claro, donde el rojo de las telas centellea enmarcado en el azul del cielo. Vivir en Sønderjylland lleva implícito esa sensación de pertenencia a una comunidad única, histórica, tradicional, orgullosa de quién es y de su papel en el conjunto.

Kilde: Pusteblomster

En el largo invierno escandinavo, la región parece dormida hasta que los rayos del sol, la primavera o esa estación ligeramente parecida a un verano, ilumina los campos de cultivo infinitos que cubren el paisaje, los pinta de colores, el marrón de los cereales, el verde del maíz y las patatas y el precioso amarillo de la colza y la mostaza. Entonces es tiempo de disfrutar de algunos privilegios deliciosos como ir a comprar patatas nuevas, fresas o guisantes al vecino quien te los vende a buen precio y recién arrancados de la tierra. Son productos que es imposible no echar de menos, como el delicioso Sønderjyskrugbrød, pan de centeno especial de la región o la famosa sønderjyskrugbrødlagkage, una fantástica tarta en la que el bizcocho se elabora con ese pan de centeno. Si bien en el resto del país también es posible encontrarlo y, finalmente, elaborar la tarta, ¿no sabe mejor en Sønderjylland?

Con el buen tiempo comienzan las fiestas locales. Rastrillos, competiciones de arrastre de tractores, carreras de caballos en las que los jinetes tienen que atravesar aros con un palillo, actuaciones de las bandas municipales… Y en cualquier fiesta que se precie, un puesto de salchichas y cervezas, porque sin esos dos elementos, una fiesta no puede denominarse tal.

Kilde: dinby.dk

Cualquier fin de semana, o una tarde en que la jornada laboral ha sido corta, es buen momento para acercarse hasta el país vecino y realizar una típica compra monstruosa de bebidas, alcohol y golosinas y, con el nuevo impuesto sobre los productos grasos, supongo que ahora también de queso. “Todo es más grande en Alemania”.

Pero más allá del paisaje, las salchichas y los descuentos alemanes, lo que te rompe el corazón el día que dejas esta tierra, es decir adiós a los grandes amigos que allí encontraste. Echo especialmente de menos a mi querido Tommy, sønderjyde de pura cepa, de una larga estirpe de sønderjyder, que tiene primos en cada pueblo de los alrededores y que conoce historias sobre todo aquel de la región que ha llegado a ser alguien. Un hombre grande, en todos los sentidos, capaz de cocinar cualquier cosa en su barbacoa, que piensa que las salchichas son un buen entrante en toda comida y que en su casa siempre guarda una cerveza fría, comprada en Alemania, para obsequiar a los amigos.

Sønderjylland, tu orgullo, tus tradiciones, tu carácter único, eres una da las cosas que echaré de menos el día que deje Dinamarca.

Desarraigo

Hoy por primera vez he descubierto lo que significa el desarraigo.

Es un día cualquiera, como todos los demás, con un cielo encapotado, blanquecino. Un día en que me levanto, bebo un café y me pongo manos a la obra y en un momento cualquiera, sin previo aviso, lo he sentido: la sensación de falta de pertenencia, de ser de allí y de aquí y no ser de ningún sitio.

Parece que el tiempo ha provocado que no sienta afinidad con mis compatriotas recién llegados al país, que añoran la fabada, se desesperan buscando en los supermercados los mismos productos que compraban en España y se niegan a que en su círculo se pronuncie una sola palabra en danés. Los mismos, en contraposición, que no admiten que se critique este país maravilloso, encarnación de todas las virtudes, y que aleccionan sobre “danicidad” e integración enarbolando símbolos extraños como su capacidad para desplazarse a diario en bicicleta, un vehículo que no habían vuelto a usar en España desde los veranos infantiles en la casa del pueblo.

Quizás el problema es que no tengo bicicleta.

Creo que no la necesito, vivo en el centro y me gusta caminar. ¡Qué poco danés por mi parte! Algún que otro español ya se ha ocupado de señalármelo con sorpresa y un deje de desprecio, como si cojeara en algún punto en mi compromiso con Dinamarca, a pesar de mi carencia de añoranza por la fabada y mi deseo de hablar danés “så meget som muligt*” por que así, quizás un día me cure de este acento terrible del que adolezco.

Quizás deba comprarme una bicicleta.

Porque junto a la sensación de esa falta de afinidad con los míos ha aparecido el deseo de ser uno más entre los de aquí, un número más en la multitud de daneses. Pero no lo soy, no soy danesa. Mi acento, mis maneras, mi pasado y a veces mis opiniones, me delatan.

Hace tiempo alguien me dijo que era “demasiado oscura” para pasar por danesa, que no había nada claro en mi. Pelo castaño, ojos verde/marrones, una piel que según mi dermatólogo español tengo que cuidar porque es muy clara… Si el baremo para sentirme parte de la sociedad que me rodea son unos rasgos físicos necesarios, puede que a la vuelta de la tienda de bicis tenga que hacer una visita a la peluquería.

Aún así, en cuanto abriera la boca y empezara a pronunciar las “æ ø å” a mi manera para atreverme tímidamente a apuntar que quizás en este país haya algunos problemas en materia de sanidad, educación o inmigración, tendría que oír alguno de esos “pues si no te gusta ¿porqué no te vas?”. Y es que es difícil explicar que sí me gusta, que me gusta tanto que quiero que todo sea aún mejor y contribuir a ello con mi pequeño granito de arena, con los medios que un ciudadano común de este país tiene a su alcance.

Pero, sinceramente, hoy, mientras un pan de centeno se cuece en el horno y en la cafetera empieza a humear el café con torrefacto traído de España, me persigue esa sensación de que no puedo pasar por uno de ellos y no me siento uno más entre los míos. Me ha atrapado el desarraigo.

*Todo lo que pueda.

Locos por la pizza congelada

El otro día me acerqué hasta el Lidl y lo encontré inusualmente abarrotado. Dos de las tres cajas estaban abiertas y en ambas había una cola considerable. Por primera vez en mucho tiempo, me tocó esperar un buen rato para poder pagar y volver a casa. ¿A qué se debía esta muchedumbre?

En cuanto miré a mis compañeros en la fila me di cuenta del motivo que había arrastrado a tanta gente hasta este super que suele estar solitario: una oferta de pizzas congeladas estilo americano.

Fuente: blog Coma comos olhos

Casi todos a mi alrededor iban cargados con cuatro cajas de pizza “american style”, el máximo que la oferta permitía por cliente, y en algunos casos se trataba de grupos que se habían puesto de acuerdo para poder comprar una mayor cantidad. Delante de mi, una señora con su padre utilizaba este truco para llevar a casa ocho cajas de pizza, en la fila de al lado, cuatro amigos se habían juntado para volver con un cargamento de 16 pizzas congeladas.

La verdad es que no salía de mi asombro dado que desconocía el amor de los daneses, o al menos de los habitantes de mi ciudad, por las pizzas congeladas. Un amor que los había llevado a acudir en masa, el primer día de la oferta, organizando grupillos para poder llevarse el mayor número posible de cajas a casa. ¿Tan deliciosas son estas pizzas?

No, no he caído en la tentación de las 8.47 kr (1.13 €) que cuesta cada unidad y no las he probado, pero mi experiencia me dice que se suele tratar de un masa que se queda demasiado tiesa después de pasar por el horno, una salsa de tomate y un queso rallado en cantidades insuficientes y unos ingredientes esparcidos para llenar la superficie sin llegar a conseguirlo.

Si descartamos la posibilidad de que estemos hablando de un manjar delicioso a precio de ganga, quizás la razón para que tantos se animen a comprar es lo simple que resulta en esos días de desgana, dónde no apetece ponerse ante los fogones ni para hacer una simple tortilla francesa, encender el horno, dejar caer dentro la pizza y esperar 20 minutillos para tener la cena lista. Claro que yo esos días prefiero llamar al pizzero, aunque me va a costar al menos cinco veces más, y así llevarme a la boca algo sabroso y con la mezcla de ingredientes que a mí me gusta.

No es la mejor solución, lo reconozco. Simplemente deberíamos sacudirnos la desgana y preparar una buena ensalada, una opción mucho más sana teniendo en cuenta que sólo un cuarto de las “american style” tiene 200 kcal y un 6% de lo que comemos es grasa pura. Mientras con una buena y simple ensalada mixta, obtendremos la mitad de calorías y una buena dosis de vitaminas, eso incluso contando con un aliño de aceite de oliva.

Hablando de ello con mi querida compañera de blog, Eva apuntaba que quizás el misterio detrás de la avalancha compra-pizzas es una simple cuestión publicitaria.

Recibimos el folleto en casa dónde con grandes letras nos hablan de un precio increíble, una oportunidad única que no podemos dejar pasar, una oportunidad tan exclusiva que “sólo” podemos comprar cuatro unidades de ella. Por supuesto, no nos lo queremos perder y vamos corriendo al supermercado a comprarlas antes de que se agoten. Y además nos llevamos al abuelo para que él coja otras cuatro y aprovechar al máximo el ofertón. Y volvemos a casa orgullosos de nosotros mismos cargados con un botín de ocho cajas de pizza que a duras penas caben en el congelador.

Recordaremos este día meses después, quizás ya no tan orgullosos, cuando abramos el cajón del congelador y veamos todavía esperando la última pizza hawaiana. Esa que durante tanto tiempo hemos evitado comer después de acabar hartos del “american style” de siete pizzas anteriores. Pero la abriremos, la empujaremos dentro del horno y tendremos la cena lista en 20 minutillos. ¡Y a precio de ganga!

Todo es más grande en Alemania

Si vives en Dinamarca y te gusta comer los smarties a puñados, la nocilla a cucharadas soperas y beber cervezas del tamaño de un barrilete, los supermercados fronterizos de Alemania son tu sitio.

En Sønderjylland, la zona del sur de Dinamarca que limita con Alemania, uno de los entretenimientos favoritos del fin de semana es conducir hasta los supermercados alemanes de la frontera. Se trata de grandes naves industriales construidas exclusivamente para que los daneses acudan en masa a comprar cantidades astronómicas de tres productos específicos: bebidas, golosinas y tabaco. Allí no sólo resulta todo más barato sino que el tamaño siempre es gigantesco.

Fuente: Tv2 nyhederne

Nada más llegar al supermercado puedes hacerte una idea de lo que vas a encontrar simplemente echando un vistazo a los carros de la compra. No son las típicas cestas de metal sino que son del tipo que en España utilizas en el LeRoy-Merlín para llevar sacos de cemento o adoquines para construir un caminillo en el jardín; superficies metálicas planas, bien amortiguadas, dispuestas a cargar con grandes pesos.

Los productos estrella que justifican la existencia de estos carros son las latas de cerveza y refrescos. En los cincuenta metros entre el lugar dónde se cogen los carros y la puerta del supermercado ya te habrás cruzado con varias personas que empujan una montaña de pilas de latas que a penas les dejan ver el camino que tienen por delante. Y es que aquí vale la norma del tres por uno. Tres cajas de latas cuestan lo que una en Dinamarca, por eso hay que comprar tantas como el carro aguante o tantas como capacidad tenga el maletero de tu coche.

Fuente: Ekstra bladet

Si por otro lado lo tuyo es el vino o los licores, aquí encontrarás un filón. Botellas de alcohol de todos los tamaños y todos los sabores pueblan las estanterías. Desde el típico akvavit danés al whisky escocés, pasando por licores de todo el mundo como el ouzo griego o el coñac español. Un surtido a precio rebajado al que nadie puede resistirse, un lugar imprescindible al que acudir antes de celebrar una fiesta.

Pero no sólo de alcohol vive el hombre. Estos supermercados son un paraíso para los golosos.

No puedes llegar allí esperando comprar un paquete de chicles o una bolsita de caramelos, tienes que ser un auténtico enamorado de tu golosina favorita porque te verás obligado a comprarla por kilos. La sección de caprichos la componen los botes de plástico de los que hace años ibas comprando unidades a peseta, sacos de caramelos duros, nubes o pastillas de chocolate y chocolatinas que siempre llevan delante la palabra “metro o mega”. ¿Eres capaz de comer un kilo de tronquitos, un saco de nubes o un bote de cinco kilos de Nutella? Si la respuesta es sí, has encontrado tu paraíso.

Al final del recorrido, llegarás a la caja, comprobarás orgulloso que todo te costó un tercio de lo que hubieras pagado en Dinamarca y volverás a casa con varios kilos de golosinas, alguna caja de bombones, un surtido de tabletas de chocolate, latas de refrescos y cervezas suficientes para celebrar las fiestas mayores de un pueblo español de tamaño medio, vino de aquí y de allá de todos los colores, un par de botellas de licor y otras cuatro o cinco para hacerte cubatas, tres sacos de nubes y un hueso gigante para tu perro. No es mal botín para una tarde en Alemania donde todo es más grande y por supuesto, más barato.

Por qué los daneses son más felices

Paco Martínez, español, 34 años, estudió informática porque todos le decían que era la profesión del futuro pero la verdad es que ese trabajo nunca le gustó. Después de tres años de tardes de biblioteca y noches sin dormir para sacar adelante las matemáticas que tanto se le atravesaban, terminó la carrera y empezó a trabajar de becario para diferentes empresas, siempre sin sueldo, a veces incluso sin contrato.

Encontró su primer trabajo un par de años más tarde al que se enfrentó lleno de emoción y nerviosismo. En la empresa casi todos eran jóvenes como él y le prometieron que en poco tiempo podría ser jefe de proyecto, si se esforzaba. Trabajó duro a pesar de la competencia, no siempre leal, con los compañeros y de los gritos de jefe, el no demasiado competente, recién ascendido, hijo de un político local, pero a los 7 meses fue despedido porque gracias a una subvención del gobierno para la contratación de parados de larga duración, su puesto podía cubrirse con un trabajador más barato.

A partir de ahí se sucedieron diversas empresas, más o menos parecidas a la primera, diferentes tipos de jefe más o menos autoritarios, explotadores o comprometidos, periodos de desempleo, una gran colección de cursos del INEM y una resistencia, escepticismo y resignación a prueba de bombas.

Hace tres años alguien le dijo que lo que necesitaba era un master, “todas las empresas lo piden”. Consiguió un préstamo personal de su caja de ahorros, sus padres le ayudaron con algún dinerillo que tenían guardado para “por si acaso” y se apuntó a un master de “Gestión de redes y sistemas de comunicación para grandes corporaciones en el inicio de la revolución tecnológica”. Nunca estuvo muy seguro de que todo aquello sirviera para algo pero al menos quedaba bien en el curriculum y por fin tenía ese master que piden “todas” las empresas.

Allí conoció a María Martín, su novia. Llevan saliendo desde entonces y hace un año se fueron a vivir juntos. Llevaban meses hablando de ello pero esperaban el momento en que los dos se encontraran en un trabajo más o menos seguro. Paco, con 33 años, se mudaba por primera vez de casa de sus padres temiendo que echaría de menos los guisos de mamá y triste por tener que empezar a planchar su propia ropa.

Paco y María quieren tener hijos pero de momento se ha quedado en una ilusión para el futuro. María teme perder el trabajo si se queda embarazada y no pueden vivir con un solo sueldo. Algunas noches da vueltas en la cama con el miedo a que “se le pase el arroz” pero se consuela pensando en todas las mujeres que tienen su primer hijo en torno a la cuarentena.

María y Paco son felices, tienen grandes amigos y una familia que les apoya. Están hartos de su trabajo, de sus respectivos jefes, pero callan y aguantan porque “la cosa está mal” y deberían estar agradecidos sólo por el hecho de tener trabajo. A veces sienten que “no tienen vida” porque echan demasiadas horas y porque se está convirtiendo en una costumbre que su jefe les llame los sábados. No sueñan con recibir compensación alguna por las horas extra pero se conformarían con no recibir una bronca el día que tienen que salir para ir al médico o resolver algún asunto en el banco. Sueñan con un trabajo mejor, con un ascenso, con un futuro en el que puedan comprar una casa que se llenará con la risa de los dos nenes que les gustaría tener pero, con el paso los días, van viendo como la luz de su esperanza se vuelve más tenue.


Anders Sørensen, danés, 34 años, estudió Recursos Humanos porque pensaba que tenía don de gentes y que las carreras de carácter empresarial eran las de mayor salida. En tres años consiguió su bachelor y decidió no continuar con la licenciatura porque tenerla no era decisivo a la hora de encontrar trabajo.

Al acabar consiguió un puesto en el departamento de Recursos Humanos de una gran corporación, allí estuvo durante un año, tiempo suficiente para descubrir que no era lo suyo. Demasiado papeleo, un trabajo más rutinario de lo que había esperado, no le motivaba lo suficiente, en definitiva, se aburría. Por eso, decidió volver a la universidad para estudiar márketing mientras disfrutaba de una subvención que le llegaba para mantenerse. Tres años más tarde estaba preparado para iniciar su vida en lo que le parecía una nueva y apasionante profesión.

Encontró trabajo en una nueva ciudad en el departamento de marketing de una pequeña empresa de muebles, alquiló un bonito apartamento y se sumergió con confianza en lo que sería el inicio de su carrera profesional.

Fuente: dinepenge.dk

Un buen día, un año después, sus jefes le hablaron de los planes para empezar a exportar a Alemania y le hicieron saber que sería muy deseable que su nivel de alemán estuviera a la altura del nuevo reto. Para ello le propusieron proporcionarle algunas clases a lo que Anders aceptó con cierta desgana ya que tendría que asistir una vez por semana al terminar su jornada laboral. Él lo recuerda como un cúmulo de tardes aburridas teniendo que volver a repasar la compleja gramática germana que tanto odiaba en el instituto pero gracias a ello, hoy en día, habla el idioma de forma fluida lo que le ha sido de gran ayuda a la hora de desempeñar sus funciones.

Dos años más tarde, cuando el jefe de Anders se jubiló, le ofrecieron sustituirle y convertirse en el nuevo jefe de departamento. Sus superiores estaban muy satisfechos del trabajo que había desempeñado en la empresa y le consideraban el candidato ideal para cubrir el puesto. Como ayuda para la integración en su nuevo rol, le pagaron un curso de liderazgo, al que tuvo que asistir cada sábado por la mañana durante dos meses, pero el sacrificio merecía la pena. El aumento de sueldo, la capacidad de decisión y la posibilidad de desarrollar sus ideas con mayor libertad fueron un gran incentivo a la hora de aceptar el puesto.

Por aquel tiempo Anders conoció a Mette. Antes de que se diera cuenta, ya estaban viviendo juntos, el apartamento se les había quedado pequeño y se mudaban a un acogedor chalet con jardín.

Hoy en día tienen dos preciosos niños de cinco y tres años. Anders ya no trabaja en la pequeña empresa de muebles, hace tres años le ofrecieron un puesto en el departamento de marketing de una fábrica de lámparas que gestiona contratos a nivel mundial. Andan mirando una casa más grande porque Mette necesita espacio para su taller, le apasiona la fotografía y le gustaría contar con un espacio para trabajar en ello en paz y tranquilidad.

Anders y Mette son felices, llevan una vida tranquila junto a sus hijos. Les gusta viajar, ir de excursión a la playa o al campo y reunirse con sus amigos. Para el futuro sueñan con montar su propia empresa y comprar una casita en Turquía para veranear y que más tarde les sirva de refugio en la jubilación. Saben que con dedicación y esfuerzo, ahorrando un poquito cada año, lo conseguirán.

La revista Forbes ha publicado la lista de los países más felices de la tierra en la que Dinamarca aparece en primer lugar mientras España lo hace en el puesto 43.

Fuentes:
Forbes: The World’s Happiest Countries
España es uno de los países más infelices de Euripa según el instituto Gallup

CEMCUDD III

Jessie Willcox-Smith - Books in Winter

Imagen: Jessie Willcox-Smith - Books in Winter

El sistema de bibliotecas

Durante mucho tiempo, la maleta que volvía de España siempre traía un pesado fondo de libros: Novelas, libros de historia, ensayos psicológicos, volúmenes sobre atención al cliente o comunicación corporativa, cuentos… Aunque las ruedas de mi equipaje aún sufre bajo el peso de las lecturas destinadas a los meses por venir, cada vez un poquito menos gracias al fantástico sistema de bibliotecas danés.

Vivo en un pueblecito pequeño, tan pequeño que no se permite el lujo de tener biblioteca, pero la verdad es que no la necesita porque, aún sin ella, tengo a mi disposición cualquier libro que se encuentre en cualquier biblioteca pública danesa. ¿Cómo es posible?

Los catálogos de todas las bibliotecas de Dinamarca están accesibles a través de una única dirección de Internet: www.bibliotek.dk. En su página principal está a disposición del usuario el habitual formulario de búsqueda por autor, título, tema, idioma, formato, etc… Una vez localizado  el libro a adquirir en préstamo, con un simple click se obtiene una lista de las bibliotecas que cuentan con dicho volumen entre sus fondos. Si hay suerte, estará disponible en la biblioteca de tu ciudad con lo que se puede reservar e ir a recoger allí. Pero, ¿y si ese ejemplar sólo se encuentra disponible en una ciudad a 300 kilómetros de tu casa? No hay problema, lo reservas igualmente y desde allí lo envían a tu localidad para que puedas ir a recogerlo y disfrutar de él del mismo modo que lo harías con un libro perteneciente a los fondos locales.

¿Y los que vivimos en pueblecitos pequeños, tan pequeños que no se pueden permitir el lujo de tener biblioteca? Para nosotros hay un bibliobus, que viene cada día, donde podemos recoger, entregar y encargar los libros que deseemos.

Todo el servicio es gratuito y no existe ningún límite en la cantidad de libros que puedes tener en préstamo. El paraíso para los lectores compulsivos que no sabemos dormir sin nuestra ración diaria de historias y vidas ajenas, de evasión a otros mundos, de relatos llenos de magia, poesía, belleza o realismo desgarrador que nos hacen pensar o nos ayudan a soñar.

CEMCUDD II

Escribir a un político y que conteste.

Ostentar un cargo público ni te sitúa más allá del bien y del mal ni te convierte en una divinidad que se encuentra por encima del común de los mortales. La política debería tratar del servicio al pueblo, de buscar las soluciones que hagan la vida mejor para todos los ciudadanos. Cuando eres elegido como concejal, alcalde, ministro o presidente te llega el turno de trabajar para toda la población y especialmente para aquellos que depositaron su confianza en ti, otorgándote su voto. Si bien algunos han olvidado la esencia de la democracia y su único objetivo es alcanzar el poder y favorecer a todos los que les ayudaron en esta tarea, hay otros que todavía están interesados en construir un mundo mejor para todos, una sociedad igualitaria y un futuro de prosperidad en la medida de lo posible. Estos además no olvidan para quién trabajan, a quién representan, que su esfuerzo diario es por y para la ciudadanía. Estos elegidos no son diosecillos subidos a un pedestal que esperan reverencias profundas y agradecimientos por las migajas que arrojan de sus manos, son seres cercanos que gustan de oír ideas, propuestas, críticas e historias que les inspiren para mejorar la sociedad en la que están implicados como actores con poder de decisión, con la capacidad de conseguir cambios.

Si hay algo completamente ajeno a la mentalidad danesa es la ostentación y el vicio insano de sentirse mejor que los demás. Para muchos aún está en vigor la jantelov que viene a decir que nadie es mejor que nadie. Así muchos de los políticos daneses son ciudadanos que en un momento dado se comprometen con el trabajo público en algún área en el que creen que es necesario introducir cambios, dónde piensan que pueden prestar sus servicios: sanidad, inmigración, impuestos, igualdad de oportunidades…

BrevHe escrito mi primera carta a uno de estos políticos, bueno, una versión modernizada, un mensaje a través de Facebook y como hace toda persona educada, me ha respondido. Estuve en un panel de debate titulado “Qué pueden hacer los políticos por los extranjeros con formación universitaria” (Hvad kan politikere gøre for højtuddannede nydanskere?) y quedé favorablemente impresionada por la intervención de Heidi Wang, concejal del Ayuntamiento de Copenhague por el partido de derechas Venstre. Tanto que decidí escribirle contándole mis impresiones. Cual no sería mi sorpresa cuando rápidamente recibí un mensaje de vuelta, tan amable como agradecido, educado, simpático y lo suficientemente largo como para no sonar a respuesta automática de ordenador.

Pero Heidi no es la única que se toma la molestia de responder a las cartas que recibe en relación a su cargo en el ayuntamiento. Hace pocos días leía en El País un artículo sobre Vanessa Oliveira, a la que conozco personalmente, dónde se contaba cómo había escrito una carta sobre su situación en Dinamarca al anterior primer ministro danés y hoy Secretario General de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, y este no sólo le respondió sino que le ofreció alternativas de carácter público para mejorar su estancia.

Si bien, no soy de las que recorren Internet para buscar blogs, foros y páginas web dónde criticar y felicitar a nuestros queridos políticos, me gusta saber que si alguna vez tengo algo que decir, hay vías de comunicación abiertas con aquellos a los que voté para que tomaran las decisiones en mi nombre, que no habitan en una esfera superior sino que, como todos, están a un click en Facebook.

No hay duda, echaré de menos escribir a un político y que me responda el día que deje Dinamarca.

Enlaces de interés:

Por si alguien tiene curiosidad por conocerla: http://www.heidiwang.dk

Vanessa Oliveira en El País: http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Ponga/mentora/vida/elpepusocdmg/20091101elpdmgrep_10/Tes?print=1

CEMCUDD

Sigo jugando a la lotería y rezando a San Pancracio, el santo que se encarga de que no falte trabajo en una casa, para que o me toque un bote de los gordos o el desempleo baje hasta el 10% y así volver a mi España querida. Personalmente, prefiero ser la agraciada de un buen euromillones, pero si al menos el panorama laboral mejorase hasta el punto de que ya no sea una quimera encontrar un trabajo con un sueldo que te permita vivir lejos de casa de los padres, me sentiría con ánimos de abandonar mi estatus de emigrante en tierra de vikingos y volver a ser yo misma entre los míos. No es que aquí se esté mal, pero digamos que los extranjeros no somos precisamente bienvenidos y que cada vez veo más claro que este es un maravilloso país… para los daneses. Por eso no puedo evitar que en mi mente se cuele a menudo la idea de volver a casa, con los míos. Supongo que me he cansado de ser primero inmigrante y luego persona y que cualquier rasgo de lo que soy, de lo que valgo o de lo que puedo o no puedo lleve delante la palabra inmigrante o cualquiera de sus más o menos políticamente correctos sinónimos (indvandrer, nydansker, udlænding, perker).

Fuente:ciudadesdeeuropa.net

Fuente:ciudadesdeeuropa.net

Pero cuando fantaseo y me veo de vuelta en España, este país me guiña un ojo, me deslumbra con un rayo de sol y me enseña con una sonrisa esos detalles que hacen maravillosa esta tierra y pienso: “esto lo echaré de menos el día que deje Dinamarca”. Por eso he decidido hacer una lista que iré poniendo en el blog de vez en cuando, una lista de todo lo bueno de por aquí, las cosas sencillas, los pequeños detalles que hacen este país tan especial.

Cosas que echaré de menos cuando deje Dinamarca (CEMCUDD):

1. La puntualidad de los autobuses y la amabilidad de sus conductores.

Al comenzar a vivir en Dinamarca siempre estaba 10 minutos antes en la parada del autobús. Muerta de frío, con las manos enguantadas en los bolsillos e intentando calarme el gorro de lana hasta que me tapaba las orejas, miraba a un lado y otro de la calle esperando ver la mole blanca del coche de línea. Un vistazo arriba de la calle, una ojeada al reloj, un vistazo abajo de la calle, vuelta al reloj. Según se acercaba la hora iba pensando que quizás el autobús había llegado antes de tiempo y que ya se habría ido. ¿Sería posible que lo hubiera perdido? De hecho, estaba sola en la parada. De repente comenzaban a llegar el resto de pasajeros, miraba el reloj, el autobús debería llegar en dos minutos. ¡Y ahí estaba! El destello blanco del bus girando para enfilar hacia la parada, absolutamente puntual.

Dejé de ir 10 minutos antes, ahora voy dos, para asegurarme de que llego a tiempo. A veces, la gran caja blanca ya me está esperando. El conductor mira la hora mientras mantiene la puerta abierta para que todos vayamos subiendo y puntual, arranca hacia su destino.

He cogido la misma línea, hacia el mismo destino, varios días a la semana durante meses. Poco a poco he ido conociendo a todos los conductores. Mi favorito es el charlatán. Siempre encuentra un compañero de tertulia que haga el recorrido de su ruta más ameno. Discute de lo divino y lo humano, siempre sonriente, siempre de buen humor. Genera conversaciones que duran lo que dura un billete, conversaciones que renacen y mutan con cada nuevo pasajero de humor para unos minutos de charla. Le gusta saludar a toques de claxon a las personas que conoce al cruzarse con ellos por los pueblos. Conoce a sus habituales, los atiende con simpatía, sabe dónde suben, dónde bajan…

Un día me apeé un pueblo antes del mío y al día siguiente me dijo:
–         ¿Qué pasó ayer? ¿Te bajaste un pueblo antes?
–         Sí… yo me baje en… – contesté confusa.
–         ¡La próxima vez tienes que decírmelo! Cuando llegamos a tu pueblo pensé que te habrías quedado dormida porque no te bajaste, así que recorrí el autobús buscándote.

Fuente: busbilleder.dk

Fuente: busbilleder.dk

Otro de mis favoritos es la conductora gordita. No sólo es su buen humor y su sonrisa, aunque ambas se agradecen en las mañanas frías, muy muy temprano, cuando el cuerpo te recuerda que el café no estaba lo suficientemente cargado para soportar la madrugada y el mal tiempo, es que tiene la amabilidad de sacarme de mi ensimismamiento cuando me quedo leyendo en la parada y no me doy cuenta de que el autobús ya está allí. Sino fuera por ella, me habría quedado en tierra en más de una ocasión.

Hace poco, cuando pasaba unos días en otra zona de Dinamarca, llegué tarde a coger el bus. Vi como me adelantaba calle abajo y comencé a correr. Corría mirando el reloj, sabiendo que era tarde, que lo iba a perder, pero confiaba en la misericordia del conductor, que se apiadara de mí, me esperara y me dejara subir. Interiormente, sin embargo, estaba convencida de que iba a ver como las puertas se cerraban justo cuando me faltaran dos pasos para alcanzarlas, que todo terminaría con el autobús sobrepasándome mientras el conductor me miraba con una sonrisa pícara, de satisfacción malvada.

Sin resuello, llegué aún con las puertas abiertas, subí los dos peldaños de entrada y saqué el bonobús. ¡No funcionaba! Malditas máquinas del infierno. ¡Lo que me faltaba! Miré con consternación al conductor, segura de que esto sería el colmo de su paciencia, y esperando alguna frase sarcástica cargada con una regañina encubierta. Nada más lejos, se levantó del volante, vino a la máquina, hizo unas bromas y tras varios intentos y sucesivos estiramientos del cartoncillo, consiguió que funcionara, con lo que pudimos, por fin, emprender la marcha, sin reproches.

Echaré de menos los autobuses y sus amables conductores el día que deje Dinamarca.